Publicado: 22 de octubre de 2026

META-STASIS

NOTA: para la realización de este artículo se ha empleado la ayuda de IA para la búsqueda de información y génesis de las imágenes atribuidas a la IA.

«El precio de la red» es el título de una película sobre Facebook que aún se puede ver en las salas de cine. Supone una segunda parte de «La red social», película de 2010 donde pudimos hacernos una idea que cuál fue el origen de Facebook y atisbar el tipo de individuo que es su dueño.

Si «La red social» te sorprendió, especialmente por la parte truculenta, con esta nueva entrega vas a tener que sujetarte bien al asiento.

La película parte de hechos reales y se centra en explicar las decisiones de la plataforma centradas en maximizar el beneficio económico a pesar de saber cuáles eran sus efectos en los usuarios: polarización, salud mental, etc. Por supuesto, la empresa ofrecía una información pública muy alejada de los datos y el conocimiento que tenía internamente.

No me voy a poner a desmenuzar la película aquí. Lo que quiero exponer va por otra parte, más hacia el fondo de la cuestión, a mi juicio. La película es una forma interesante de hacerse una idea de cuál es el comportamiento de la compañía (esencialmente el comportamiento de su dueño) con respecto a sus usuarios.

Es un ejemplo de libro sobre cómo una empresa tecnológica puede acceder a datos extraordinariamente detallados sobre el comportamiento de sus usuarios mientras ellos desconocen por completo tanto el alcance de ese conocimiento como los mecanismos empleados para influir en la información que reciben. En pocas palabras, a la gente se le vende que Facebook es una herramienta social para poner en contacto y comunicar personas mientras que se ha convertido, hace ya bastante, en una herramienta de manipulación que se presta a intereses económicos que no suelen jugar del lado del bien.

Personalmente, y a pesar de todo lo que ya sabía, salí de la sala de cine con un nudo en el estómago. Y sería interesante saber si otras personas han sentido algo similar o si, por contra, no han podido evitar consultar sus smartphones durante la película...

En términos generales, el comportamiento de estas herramientas digitales explotan al máximo la estimulación del centro del placer de sus usuarios para mantenerlos frente a la pantalla el máximo tiempo posible. De esa forma estarán «trabajando» más tiempo para dichas herramientas produciendo datos que las plataformas monetizan sin atender a las consecuencias que los mecanismos implementados en sus algoritmos puedan tener para porcentajes de sus usuarios que nos permitirían hablar claramente de epidemia.

Es tal el grado de explotación que ejercen en el centro del placer que deberíamos hablar no de centro del placer, sino de centro de control del individuo. Un centro de control «crackeado» (con intención maliciosa) que, en algunos casos, permite tomar el control del individuo. Un mecanismo que me recuerda al que ejecuta el gusano conocido como «duela hepática lanceolada» (Dicrocoelium dendriticum), que cuando consigue llegar al interior de una hormiga (porque ésta ingiere mucosidad infectada con el parásito) es capaz de tomar el control de su sistema nervioso, obligándola a abandonar el hormiguero y morder la cara inferior de una brizna de hierba para así maximizar las posibilidades de ser ingerida por un herbívoro en el que tendrá lugar parte del ciclo vital del parásito.

Facebook es una plataforma digital perfeccionada para desarrollar una adicción propia de drogas potentes que está al alcance del conjunto de la población. Pero, ¿afecta igual a todos los tramos de edad? Evidentemente no. Hace tiempo que sabemos que la aparición de las funciones ejecutivas que nos permiten lidiar con las adicciones se producen durante las últimas fases del desarrollo cerebral y «se sitúan en un área del cerebro, la corteza prefrontal, que no termina de desarrollarse hasta los 25 o 30 años»1. Esto deja en clara desventaja a la población infantojuvenil y parte de los adultos jóvenes. Y eso si el desarrollo cerebral se produce en condiciones normales, ya que para aquellos que crezcan dentro de la vorágine de las pantallas donde el consumo de productos adictivos durante excesivas horas se normalice tendrán más dificultades para entender el problema que suponen las adicciones y desengancharse de productos y servicios que se consumen a través de dispositivos que tendrán que usar, en mayor o menor medida, durante su vida adulta (trabajo, trámites administrativos, etc). Esto hace más necesario aún que se tomen precauciones y acciones para proteger a niños y adolescentes de las garras de actores cuyo disfraz parece no haber sido correctamente identificado por aquellos que ostentan la responsabilidad de proteger los derechos de estos miembros jóvenes de nuestra sociedad.

Pero cuidado. La gula de Facebook no se acaba en Facebook. La actual Meta compró Instagram en 2012 y Whatsapp en 2014.

Las tres herramientas rondan los 3.000 millones de usuarios. Mientras que Instagram es más popular entre personas más jóvenes (16 – 34 años), en Facebook la distribución es más amplia pero mantiene una presencia considerable en edades superiores. El uso de Whatsapp, por otra parte, es muy generalizado.

Aunque no se pueden sumar los usuarios de las tres plataformas, dado que muchos usuarios tienen varias de ellas, según los últimos datos publicados por Meta aproximadamente el 43,4 % de la población mundial utiliza diariamente al menos una de las tres. Esto implica que Meta tiene una relación digital con unos cuatro de cada diez habitantes del planeta (unos 3.600 millones de personas en junio de 2026).

Pero la gravedad de la situación se entiende mejor si comparamos el número de usuarios de Meta no con la población mundial del planeta, que incluye a muchas personas sin acceso a Internet, sino solo con el número de personas que sí tienen acceso a Internet. En abril de 2026 había aproximadamente 6.120 millones de internautas en el mundo. Lo que supone que las 3.600 millones de personas que utilizan Meta a diario (no hay datos sobre personas que hagan un uso semanal o mensual) suponen aproximadamente el 59 % de toda la población mundial conectada a Internet.

El número de países que tiene un importante número de ciudadanos como usuario de Facebook y otras plataformas de Meta es amplio y en algunos de ellos el porcentaje es asombroso.

No hay que olvidar que no estamos hablando de plataformas diseñadas para conectar a la gente a través de la sociedad de la información. Se trata de herramientas que, habiendo ganado un número extraordinario de usuarios, han modificado sus algoritmos de una forma retorcida, auspiciados por una adicción al dinero y poder de sus dueños (no reconocida clínicamente), con el objetivo de convertir a sus usuarios en una suerte de población explotada en una granja digital. Granja donde no caben cautelas ni precauciones con la salud de los individuos cuya valiosa materia prima es extraída, procesada y puesta a disposición del mejor postor sin reparo alguno.

Un auténtico infierno que se ceba especialmente con los más vulnerables.

Imagen generada con IA a partir de una idea y dirección creativa del autor.

Enlace a un documento generado con IA con un breve resumen de demandas sentencias y sanciones a Meta hasta hoy: Meta_menores_demandas_sentencias_sanciones.pdf

Ya son muchos los años en los que hemos sufrido a esta empresa, ahora llamada Meta (la película explica cuándo cambió de nombre), con este comportamiento. Sin embargo, hay muchas cosas que aún no tenemos claras. Las familias siguen sin recibir información pública y clara sobre su perniciosidad y ni siquiera hemos sido capaces de limitar el acceso a los menores. Pero hay más cosas que deberían preocuparnos. Ya se demostró su papel en las primeras elecciones que ganó Donal Trump en Estados Unidos a través el escándalo de Cambridge Analytica en 2016. Y les hemos dejado campar a sus anchas.

Hay muchas personas que declaran informarse a través de redes sociales como las de Meta. Hemos permitido que la población utilice estos servicios sin tener la menor idea de lo que se cuece dentro de ellos, a pesar de toda la normativa vigente que se desarrollo para proteger a los ciudadanos. Seguimos permitiendo que se publiquen condiciones de privacidad que los usuarios no pueden entender. Y, además, hemos permitido que la sociedad avance hacia un destino incierto sin que la gente sepa por qué son importantes sus datos digitales y qué se puede hacer con ellos.

Existen diferentes aplicaciones y servicios para comunicar a la gente a través de Internet. Signal, Simplex chat, Mastodon… son ejemplos de ello. Y ninguna de ellas tiene como fin comerciar con la información de sus usuarios. ¿Todavía usas el veneno adictivo de Meta? ¿A qué esperas para migrar y dejar de financiar Meta? Y recuerda que existe una opción consistente en abandonar las redes sociales digitales y fomentar las redes sociales de carne y hueso.

Empresas como Meta, bajo mi punto de vista, deberían ser consideradas un cartel digital. No proporcionan ningún servicio legítimo que no se pueda prestar de una forma compatible con los derechos de los usuarios. Muchas empresas lo hacen actualmente por lo que no habría que inventar nada nuevo. Solo acostumbrarse a vivir en un mundo un poco mejor donde, de paso, el acceso a determinadas herramientas requiera una edad mínima y se trabaje para que todo el mundo tenga un mínimo de información adecuada sobre su uso y salud. Para esto, lógicamente, hace falta también que quien debe velar por los derechos de la infancia se ponga las pilas y empiece a trabajar con decisiones tan valientes como necesarias.

Hasta que ese momento llegue os voy a mostrar en un cómic el único filtro para redes sociales que os va a funcionar con vuestros hijos/as.


Imagenes generadas con IA a partir de una idea y dirección creativa del autor.

1 SALMERÓN RUIZ, María Angustias. Reset digital. Para retomar tu vida, tu salud y la de tus hijos. Madrid: Editorial EDAF, 2025, p. 42.

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Créditos de las imágenes tomadas del exterior: